Inteligencia artificial es el nuevo alfabetismo
Reflexiones de la conversación con María Alejandra Franco, fundadora de Guía Colegio
Durante meses he pensado en una analogía que a veces me parece exagerada pero que cada vez tiene más sentido: la inteligencia artificial es el nuevo lenguaje escrito. No es solo el equivalente a saber manejar Excel ni a saber manejar un computador en los 90 y la cifras lo confirman: Amazon despidiendo decenas de miles de personas para invertir en agentes de IA, Salesforce contratando cada vez menos humanos, Goldman Sachs y JP Morgan automatizando toda su primera línea de trabajos junior.
Esta semana tuve la oportunidad de reflexionar acerca de cómo prepararnos para el futuro de nuestros hijos tras conversar con María Alejandra Franco, fundadora de Guía Colegio, una plataforma para que las familias bogotanas encuentren colegio en Bogotá y la Sabana.
Las instituciones educativas que supuestamente preparan a nuestros hijos se mueven a velocidad geológica mientras el mercado laboral muta semanalmente. Los colegios tienen currículos regulados por ley que tardan años en cambiar una coma, los profesores que podrían enseñar esto bien ganan una fracción de lo que ganarían en el sector privado, y las universidades están estructuralmente limitadas en su capacidad de iteración.
Entonces sí, los tutoriales existen por todos lados. Pero la conversación importante pasa por otro lado completamente: ¿cómo construís una relación sana con la tecnología cuando hay billones de dólares invertidos específicamente en hacerla adictiva? ¿Cómo desarrollás el hábito del estudiante eterno en lugar de creer que aprender tiene mesetas y puntos finales? ¿Cómo evitás que tus hijos se convenzan de que “son malos para tech” y se autoexcluyan de un club imaginario que solo existe en sus mentes?
La adicción diseñada científicamente
Quienes trabajamos en tecnología vivimos algunos años en el futuro respecto al resto de industrias. Eso suena pretencioso pero es verificable: trabajamos con herramientas que el público general verá mainstream varios años después, contratamos y despedimos basados en habilidades que recién empiezan a aparecer en ofertas laborales tradicionales, y vemos patrones que después se replican en todos los sectores.
Desde esa perspectiva, puedo decirte que el pánico entre quienes realmente saben de esto no tiene que ver con “aprender a usar ChatGPT”. La preocupación obsesiva gira alrededor de la adicción a dispositivos y la pérdida de capacidad cognitiva que genera. Todos los tecnócratas que conozco tienen políticas draconianamente estrictas sobre uso de dispositivos con sus propios hijos. iPad antes de los 14-15 años, prohibido completamente. Celular personal, ni hablar. Roblox y juegos de dopamina instantánea, vetados sin discusión.
Esto sucede porque ellos entienden perfectamente cómo funcionan los sistemas de engagement, conocen los equipos de ingenieros y psicólogos que diseñaron esas mecánicas de adicción, y saben que hablar de “uso moderado” con estas plataformas es como hablar de heroína moderada. No existe tal cosa cuando el sistema completo está optimizado para destruir tu autocontrol.
En septiembre de 2021, el Wall Street Journal publicó “The Facebook Files”, una serie devastadora basada en documentos internos de la compañía. Las investigaciones internas de Facebook mostraban que Instagram causaba daño medible en adolescentes, especialmente niñas: 13% de usuarias británicas y 6% de estadounidenses con pensamientos suicidas trazaban el origen a Instagram, 32% de chicas adolescentes reportaban que cuando se sentían mal con sus cuerpos, Instagram las hacía sentir peor. Facebook lo sabía, lo midió científicamente, y aun así quería lanzar Instagram Youth para menores de 13 años hasta que la presión pública los obligó a cancelar el proyecto.
Apple le mete software que ralentiza tu celular viejo para forzarte a comprar el nuevo, y la multa que reciben es un porcentaje ridículo de lo que ganaron con esa práctica. En China los hubieran fusilado, pero en Estados Unidos los reguladores decidieron omitirlo.
Nuestros estados son demasiado débiles, demasiado lentos, demasiado capturados por intereses corporativos para regularnos de estas cosas. Entonces nos toca convertirnos en estados totalitarios dentro de nuestras propias casas.
La combinación que nadie busca en las ofertas laborales
Una antropóloga que trabaja con nosotros aprendió sola sobre automatización y nos la intentaron robar de la empresa para llevársela a hacer IA en otra compañía. No la dejé ir. Esta persona vale oro puro porque combina empatía profunda (puede entender necesidades humanas concretas, no las que imaginamos en una sala de juntas) con capacidad técnica genuina y cero miedo a experimentar con herramientas nuevas.
Cuando buscás gente para vender un programa educativo y alguien propone “anunciemos en LinkedIn para llegar a los adolescentes”, eso demuestra desconexión total con la realidad del usuario. Los adolescentes no están en LinkedIn, los que pagan el programa son los papás aterrados sobre el futuro de sus hijos. Ese tipo de ceguera sobre las necesidades y contextos reales de otras personas es devastadora en un mundo donde la ventaja competitiva cada vez está más en entender problemas humanos complejos que después resolvés con tecnología.
Las carreras que mejor preparan para este futuro son las que se parecen al mundo del trabajo. Diseño industrial funciona así: te dan feedback constante, iterás todo el día, mejorás incrementalmente, y tenés una entrega final pero el proceso es continuo y social. Las carreras tradicionales te dan una tarea, te encerrás solo a resolverla, entregás, y esperás una nota. Ese modelo está completamente desconectado de cómo funciona cualquier trabajo profesional actual.
La ventana se cierra
Los trabajos de nivel inicial en oficina están desapareciendo a velocidad despiadada. Pero hay una ventana de oportunidad ahora mismo, probablemente de cinco años, donde los recién graduados que dominan IA están siendo arrancados de las manos de quienes los contratan. Después de esa ventana, cuando todos tengan acceso más o menos parejo a estas herramientas, lo que va a diferenciarte considerablemente es la combinación de habilidades emocionales profundas, capacidad técnica sólida, y ambición que te hace difícil de reemplazar.
Ir al médico dentro de veinte años me va a parecer absurdo comparado con lo óptimo que me parecerá una IA entrenada con quinientos mil casos similares al mío. Las profesiones van a cambiar, aunque la velocidad dependerá más de legislación que de mérito técnico, y esa legislación va a llegar tarde después de que mucha gente ya sufrió las consecuencias.
Si tuviera que buscar colegio para mis hijos hoy (tienen dos años, así que tengo tiempo), buscaría tres cosas específicas: un rector que realmente entienda la urgencia de esto, enfoque fuerte en habilidades psicoemocionales porque un tecnócrata deprimido no sirve para nada, y políticas estrictas sobre dispositivos porque cuando me dicen “eso es decisión de cada padre” ya sé que perdí.
Pero, honestamente, también buscaría un colegio que no joda mucho y me dé mucho tiempo libre para meter mano yo mismo. Porque desde la antigüedad sabemos que la instrucción más transformadora es personalizada uno a uno, y ningún colegio va a cuidar el desarrollo de mis hijos con la intensidad obsesiva que yo puedo lograr.
El estudiante que nunca se gradúa
Yuval Noah Harari habla de reinventarse profesionalmente tres o cuatro veces en la vida. Me parece conservador. Si vivís ochenta años y trabajás desde los veinte hasta los sesenta, eso sería reinventarte cada doce años. Con la velocidad de cambio actual, doce años es una eternidad geológica.
Pero el término “reinventarse” me molesta porque implica que el aprendizaje tiene mesetas, momentos de llegada. La mentalidad que funciona es la del estudiante eterno. No hay puntos finales, no hay momentos de “ya llegué”, solo hay curiosidad continua y voluntad de seguir resolviendo problemas que antes no sabías atacar.
Aprender a aprender se construye poniendo retos difíciles de manera consistente hasta que desarrollás un mecanismo interno para enfrentar problemas nuevos. El niño chiquito aprende por proyectos naturalmente. Después vienen años de educación formal que le enseñan a esperar instrucciones detalladas y seguir pasos predefinidos. Reconstruir esa capacidad de exploración autónoma es el trabajo fundamental.
Los tutoriales para aprender IA están por todos lados. Pero eso no resuelve la pregunta central: ¿cómo construís en vos o en tus hijos la certeza profunda de que pueden aprender cualquier cosa si persisten lo suficiente? Esa confianza es lo que separa a quienes prosperan del resto.
La combinación poderosa incluye empatía profunda (entender dolores ajenos), inteligencia emocional funcional, resiliencia para seguir intentando después de fracasos repetidos, y enseñar explícitamente a sufrir y lograr de manera sistemática. Poner retos donde tus hijos logren cosas difíciles de las que antes no sabían cómo hacer, hacerlo consistentemente hasta que tengan un mecanismo interno para atacar problemas nuevos, es la forma comprobada de desarrollar esa capacidad.
Si querés entender mejor cómo preparar a tus hijos para este mundo que cambia a velocidad absurda, en Next estamos construyendo programas extracurriculares de ocho semanas donde adolescentes entre 13 y 18 años aprenden a aprender y pierden el miedo a la tecnología.
Por cada persona que paga, becamos a dos estudiantes de escasos recursos. Porque la forma más eficiente de construir futuro es hacerlo en comunidad, mezclando contextos, eliminando las barreras imaginarias que nos separan.
Los colegios la tienen difícil por regulación y por incentivos económicos desalineados. Las universidades se mueven demasiado lento. Entonces nos toca a nosotros, los papás y las comunidades que armamos alrededor de nuestros hijos, meter la mano directamente donde las instituciones tradicionales no pueden o no quieren llegar.



