Un niño de 12 años en Pretoria programó un videojuego
Hoy su empresa vale $1.75 billones y le acaba de alquilar una supercomputadora a su rival
El 6 de mayo de 2026, SpaceXAI anunció que le alquilaría a Anthropic (la empresa que Elon Musk había llamado “malvada” y “misantrópica” apenas tres meses antes) la totalidad de Colossus 1, una de las supercomputadoras más grandes del planeta: más de 222,000 GPUs de Nvidia y 300 megawatts de capacidad de cómputo. Según estimaciones de Antoine Chkaiban, analista de New Street Research citado por Fortune, el acuerdo va a generar entre US$3,000 y US$4,000 millones de ingresos anuales para SpaceX, con más de US$2,500 millones en ganancia neta1.
Detrás de ese acuerdo hay una trayectoria que empieza no en una sala de juntas de Silicon Valley, sino en Pretoria, Sudáfrica, en 1983, con un niño de nueve años y su primera computadora.
Un Commodore VIC-20 en Pretoria, 1983
Elon Reeve Musk nació en Pretoria, Sudáfrica, en 1971. Era el típico niño que incomodaba a todos: a los cinco años le explicaba a otro niño que la oscuridad “es simplemente la ausencia de fotones en la longitud de onda visible, entre 400 y 700 nanómetros.” Si alguien en la familia tenía una pregunta, la respuesta era “pregúntale al niño genio”2.
A los nueve años, Musk consiguió que le compraran un Commodore VIC-20, una de las primeras computadoras personales disponibles en Sudáfrica. La máquina venía con un manual de programación en BASIC diseñado para que un adulto lo completara en seis meses. Musk se encerró tres días sin dormir y lo terminó entero.
A los 12, programó su primer videojuego: Blastar, un juego de naves espaciales donde el jugador tenía que destruir un carguero alienígena que transportaba bombas de hidrógeno. Vendió el código fuente a la revista PC and Office Technology por US$500. En 1984, en Sudáfrica, esa era una suma considerable para un niño de 12 años.
Mientras tanto, sus compañeros de colegio le pegaban. Literalmente. Una vez una pandilla lo tiró por las escaleras y lo golpeó hasta dejarlo inconsciente; pasó una semana en el hospital. Su papá no lo reconoció cuando llegó a verlo por lo hinchado que tenía el rostro. Musk ha descrito su infancia escolar como “un infierno”.
La ambición de Musk se construyó a partir de una combinación muy específica que coexistió con esa adversidad: acceso temprano a herramientas tecnológicas, curiosidad obsesiva y un deseo visceral de escapar de sus limitaciones. A los 17 años se fue de Sudáfrica a Canadá con lo puesto, sin que su tío lo esperara en Montreal (el tío se había mudado a Minnesota sin avisarle), y terminó viajando 3,000 kilómetros en bus para encontrar a un primo lejano que le diera dónde dormir.
La resiliencia de Musk a esa edad es casi idéntica a la que he observado en los jóvenes más excepcionales de Makers Fellowship. Hay algo en la combinación de ambición temprana y adversidad que produce un tipo de determinación que es difícil de replicar en un aula.
El arco en números: 1999-2026
En 1999, a los 28 años, vendió Zip2 (su primera empresa, un directorio de negocios en línea para periódicos) por US$307 millones. Con su parte fundó X.com, que eventualmente se fusionó con lo que se convirtió en PayPal. En 2002, eBay compró PayPal por US$1,500 millones. Musk recibió aproximadamente US$180 millones de esa venta
Con 30 años y US$180 millones en el bolsillo, Musk decidió invertir la mitad (US$100 millones) en fundar una empresa de cohetes. Sus amigos trataron de disuadirlo. Uno le hizo ver durante una hora un video compilado de cohetes explotando. Otro le dijo que iba a perder todo su dinero3.
Los primeros tres lanzamientos de SpaceX fallaron. El primer cohete Falcon 1 explotó segundos después del despegue. El segundo falló por un problema de combustible. El tercero se estrelló por un error de separación de etapas. Cada explosión quemaba millones de dólares que Musk estaba poniendo de su propio bolsillo. Para 2008, SpaceX estaba al borde de la quiebra, Musk estaba pasando por un divorcio público y brutal, y le quedaba dinero para exactamente un intento más.
Después de la tercera explosión, Musk convocó a todo el equipo. No culpó a nadie. Les dijo que tenían las piezas para un último cohete y les pidió que lo construyeran y lo lanzaran en ocho semanas. Lo construyeron. Lo lanzaron. Y el 28 de septiembre de 2008, el Falcon 1 alcanzó la órbita terrestre, convirtiéndose en el primer cohete financiado privadamente en lograrlo.
18 años después de ese cuarto lanzamiento, SpaceX presentó su solicitud confidencial de salida a bolsa ante la SEC el 1 de abril de 2026, apuntando a una valoración de US$1.75 billones y buscando levantar US$75,000 millones, el IPO más grande de la historia, superando al de Saudi Aramco4 . En febrero de 2026, SpaceX se había fusionado con xAI (su empresa de inteligencia artificial) en una transacción valorada en US$1.25 billones combinados, con SpaceX valorada en US$1 billón y xAI en US$250,000 millones5
Y la cereza del postre: el 6 de mayo, le alquiló su supercomputadora más grande a Anthropic, la empresa que tres meses antes había calificado públicamente de “malvada”. Musk escribió en X que después de pasar tiempo con el equipo senior de Anthropic, quedó “impresionado” y que “nadie activó mi detector de maldad”. Como dijo Andrew Moore, ex director de Google Cloud AI y actual CEO de Lovelace AI, a Fortune:
“Quien controla el centro de datos, realmente controla la aplicación de la inteligencia artificial en este momento.”
La lógica detrás del movimiento: dominar la infraestructura de IA
El deal Anthropic-SpaceXAI tiene una lógica fría que vale la pena entender. SpaceX está a semanas de su IPO. Para justificar una valoración de casi US$2 billones, necesita demostrar que puede competir con Amazon Web Services, Microsoft Azure y Google Cloud como proveedor de infraestructura de IA, además de ser la empresa de cohetes más importante del planeta.
Starlink (la constelación de satélites de internet de SpaceX) generó aproximadamente US$10,400 millones de los US$15,000 millones de ingresos totales de SpaceX en 2025. Para 2026, Payload Research estima que los ingresos de Starlink llegarán a US$18,700 millones, con márgenes operativos del 60%. Esos márgenes son los de una empresa tecnológica, no los de una compañía aeroespacial.
El acuerdo con Anthropic le agrega a esa historia un cliente de IA de primer nivel mundial que además expresó interés en desarrollar centros de datos orbitales en colaboración con SpaceX: múltiples gigawatts de capacidad de cómputo en el espacio, porque la demanda de cómputo para entrenar la próxima generación de modelos de IA está superando lo que la infraestructura terrestre puede ofrecer en espacio físico, agua y energía.
Pilas con lo que eso implica: estamos hablando de centros de datos en órbita terrestre alimentando los modelos de inteligencia artificial más poderosos del mundo. Esa es la visión que Musk está vendiendo a los inversionistas del IPO. Y la persona que está vendiendo esa visión es la misma que a los 12 años programaba Blastar en un Commodore VIC-20 en Pretoria.
La ventana entre los nueve y los 17
La ambición de Musk no apareció a los 30 cuando fundó SpaceX. Se construyó desde los nueve años, cuando se obsesionó con un Commodore VIC-20 y aprendió a programar en tres días. Se refinó a los 12, cuando convirtió esa habilidad en un producto que alguien le pagó. Se consolidó a los 17, cuando tomó la decisión de irse solo a otro continente porque sabía que el lugar donde estaba no le iba a dar lo que necesitaba.
He observado ese mismo patrón (a menor escala) en cientos de jóvenes a través de Makers Fellowship y NEXT. Los que avanzan más rápido tienen tres cosas en común: acceso temprano a herramientas que amplifican lo que saben hacer, un contexto donde construir cosas reales es la norma, y al menos una persona que les haya dicho “andá y hacelo” en vez de “esperá a que estés listo”.
La diferencia entre 1983 y 2026 es que las herramientas disponibles hoy para un joven de 15 años son incomparablemente más poderosas que un Commodore VIC-20. Con las herramientas de IA actuales (Cursor, Lovable, Claude, ChatGPT, Replit) un adolescente puede construir en una semana lo que a Musk le habría tomado meses a los 12 años. La barrera técnica prácticamente desapareció. Lo que sigue faltando, especialmente en Latinoamérica, es el contexto: el espacio donde alguien le dice a ese joven:
“Vos podés construir algo, y acá te vamos a enseñar cómo”.
Después de años trabajando con jóvenes en Makers Fellowship, creamos NEXT para llegar antes: jóvenes de 13 a 18 años que aprenden a construir con IA y a pensar como founders durante ocho semanas intensivas, con mentores de startups de LATAM y metodología sprint. Las inscripciones están abiertas
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