Venezuela nos va a dar cátedra | Parte 2
Una empresa de salud con 21 años en Venezuela y US$30.5 millones de facturación. Una startup de cuatro personas que reduce el costo de mitigar carbono en 90%. Las dos desde Caracas.
Durante más de dos décadas, Venemergencia ha construido infraestructura de salud en Venezuela. La mayor parte de ese tiempo, el país atravesaba una de las contracciones económicas más profundas que ha vivido una nación fuera de guerra. En 2025 facturó US$30.5 millones, atendió 630,000 casos con un NPS del 95%, registró 2.1 millones de beneficiarios activos y generó US$67 millones en ahorros al sistema de salud venezolano.
21 años de operación bajo esas condiciones construyeron algo que resulta muy difícil de obtener en circunstancias normales: procesos de calidad auditados, equipos que funcionan bajo presión sostenida y una propuesta de valor que aprendió a hacerse indispensable cuando el sistema formal se derrumbó. La meta para 2026 es US$40 millones en facturación.
Construir en el colapso
Venemergencia combina telemedicina, atención médica domiciliaria, urgencias presenciales y asistencia vehicular, todo coordinado desde un centro de comando en Caracas que monitorea en tiempo real las 20 sedes de urgencias activas en el país (siete propias y 13 clínicas aliadas), con cobertura en más de 90 ciudades. El 92% de los casos se resuelve dentro del propio ecosistema, sin necesidad de derivar al paciente a clínicas u hospitales externos.
Ese índice de eficiencia clínica tiene una consecuencia financiera directa para las aseguradoras: es la razón por la que el 90% de las diez principales aseguradoras de Venezuela trabajan con la compañía. La plataforma tiene 1,200 colaboradores.
En Venemergencia distinguen entre construir durante el colapso y construir en la reconstrucción. Los primeros 21 años y medio de la empresa transcurrieron en la primera categoría. La visión de largo plazo, la disciplina en los procesos, la construcción de equipos y la obsesión por el alcance fueron los activos que los dejaron listos cuando las condiciones comenzaron a mejorar. Con 630,000 casos atendidos en 2025, el NPS es 95%.
Andrés Simón González-Silén, fundador de Venemergencia, define la ambición como no tener límites para alcanzar el propósito que uno se plantea. Andrés pretende colaborar con la construcción del ecosistema de salud nacional, articulando alianzas público-privadas para llegar a quienes todavía no tienen acceso.
Venemergencia Auto atiende 55,000 beneficiarios en asistencia vial. La Fundación Venemergencia ha entrenado 12,500 personas en primeros auxilios e instalado 33 desfibriladores externos automáticos en espacios públicos de Venezuela.
El residuo que vale US$50 mil millones
Javier Soto es ingeniero en ciencias computación con un MBA, y antes de AgroCognitive fundó Smart Page Group, una empresa de IT con operaciones en Venezuela, Ecuador, Chile y Estados Unidos. Su familia tuvo fincas agrícolas que se perdieron durante la crisis por falta de acceso al crédito y a asesoría oportuna. Ese antecedente personal, combinado con la pregunta de qué podían hacer los venezolanos desde la trinchera tecnológica durante la crisis de 2018, fue el origen de AgroCognitive, fundada en 2020 durante la pandemia, cuando Soto y su equipo pudieron concentrarse a codificar el primer prototipo sin interrupciones.
AgroCognitive construye infraestructura para resolver un problema de escala global: mitigar una tonelada de CO2 puede costar hasta US$500 para una empresa que necesite hacer cumplimiento normativo de emisiones, instalando bosques de secuestro de carbono o adoptando energías alternativas. AgroCognitive reduce ese costo hasta US$20 por tonelada utilizando residuos agrícolas como materia prima, una reducción del 90%.
El proceso: los productores compran una biofábrica (hardware que cuesta alrededor de US$1,500) y AgroCognitive provee el software que les permite procesar sus residuos, convertirlos en biochar, producir un fertilizante inoculado con organismos benéficos y aplicarlo en el suelo. En el momento de la aplicación, la plataforma contabiliza el CO2 removido siguiendo los estándares de los verificadores internacionales, generando créditos de carbono monetizables en los mercados regulados. Para los productores, el resultado es doble: el suelo mejora y la finca genera un activo financiero climático al mismo tiempo que produce alimento.
El mercado global de cumplimiento normativo de emisiones moviliza, según Soto, cerca de US$50 mil millones al año. AgroCognitive está entrando a ese mercado desde Venezuela, con circuitos circulares activos en café y cacao, y conversaciones en proceso con grandes corporativos de la región. La lógica del pivot viene de la escala: un acuerdo con un corporativo incorpora entre 500 y 1,000 productores de una sola vez.
Antifragilidad es distinto a resiliencia
Para Soto, la palabra que describe haber construido en Venezuela durante estos años es antifragilidad, no resiliencia. La resiliencia implica aguante; la antifragilidad implica quebrarse y rearmar mejor. Usa la imagen del kintsugi, el arte japonés de reparar vasijas rotas con bordes de oro, donde la pieza reparada termina siendo más bella que la original. Lo que el emprendedor venezolano vivió en la última década es ese proceso llevado al extremo.
La compañía tiene 1,524 productores usando la plataforma con una tasa de abandono cercana al 3%. El ARR del año pasado fue US$74,000, casi el doble del año anterior. La proyección para este año es US$120,000. La proyección a dos años es US$6 millones, condicionada al avance del modelo B2B corporativo y al acceso a los mercados de créditos de carbono. El equipo es de cuatro personas: Soto como CEO, Daniel en operaciones y remoción de carbono, Juan Carlos en tecnología, y Carolina como directora científica (la única doctora en ciencias de la computación de Venezuela, especialista en sistemas expertos e inteligencia artificial). Próximamente levantarán una ronda de US$600,000.
Lo que Venezuela sigue produciendo
Escribí hace dos semanas sobre Cashea y Yummy: la mayor institución financiera y el mayor empleador privado de Venezuela, dos compañías que juntas no llegan a una década de fundadas. Venemergencia y AgroCognitive son el otro extremo del mismo patrón: una empresa con más de 20 años de construcción sostenida y una startup de cuatro personas con US$74,000 de ARR apuntando a los mercados de carbono globales: alrededor de US$19,000 de ingresos por empleado.
Las empresas que sobrevivieron y crecieron durante el colapso venezolano adquirieron ventajas que se acumularon silenciosamente durante años: Venemergencia tiene dos décadas de procesos de eficiencia clínica, AgroCognitive tiene el costo de producción de créditos de carbono más bajo que existe en la industria, Cashea procesa el 3,5% del PIB con un índice de mora por debajo del 2%, y Yummy mantiene el 47% de cuota en delivery con 120,000 conductores activos.
Venezuela va a seguir produciendo compañías interesantes. Y algunas de ellas van a ser muy difíciles de competir precisamente porque aprendieron a construir cuando casi nadie más estaba dispuesto a hacerlo.
El próximo 8, 9 y 10 de junio tenemos un Inmersivo Presencial en Caracas, para entender cómo se construyen compañías en condiciones adversas, y para darles insumos de primera mano sobre cómo operamos, hacemos partnerships y tomamos decisiones cuando las condiciones no están dadas.



